Mi visión del TDAH

Muchos niños son diagnosticados de hiperactividad, impulsividad o falta de atención, junto o por separado, todo reunido bajo una misma denominación: TDAH (trastorno por déficit de atención e hiperactividad). Pero ¿de qué hablamos realmente al decir “TDAH”?

Estas cuatro letras son las siglas de un “trastorno” o conjunto de conductas que se consideran estadísticamente anómalas e incapacitantes para la persona (o su entorno) y que aparecen juntas con mayor o menor frecuencia. Los “trastornos” se describen en manuales consensuados por varios autores que deciden qué trastornos hay y cómo definirlos. El TDAH, como etiqueta diagnóstica, fue definida por primera vez por la Asociación Americana de Psiquiatría (APA) en su Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM), tercera edición, en 1980 (hay otros manuales con otros contenidos…).

Las conductas que quedan reunidas bajo esta denominación pueden ser de tres tipos: las que tienen que ver con una actividad que se considera excesiva e inapropiada (hiperactividad), las que tienen que ver con la distracción, los descuidos, la falta de concentración, de planificación, de esfuerzo mental sostenido (déficit de atención) y las que tienen que ver con la poca capacidad de contención de la conducta (impulsividad).

Por supuesto, con un abanico de comportamientos tan amplio, el sobre-diagnóstico es un riesgo con mucha probabilidad de cumplirse. Además, a este riesgo se une la forma de llegar al diagnóstico: Basado en cuestionarios de conducta dirigidos a los adultos que conviven con el niño, implica un factor subjetivo que ayuda a que crezca el número de casos mal diagnosticados.

De todas formas, a mi modo de ver, el principal problema que tiene este diagnóstico no es su definición arbitraria ni el error diagnóstico (que también, claro) sino por las implicaciones que se derivan del supuesto origen biológico que se le atribuye.

Por un lado, está el tratamiento farmacológico y los perjuicios que éste causa en un sistema nervioso central que además está en desarrollo; por otro, la idea de que es un trastorno que dura toda la vida, que no se puede curar y respecto al cual uno poco puede hacer para solucionarlo, además de las limitaciones que la etiqueta produce en el concepto de sí mismo y en las expectativas de la persona.

A pesar de estas graves consecuencias de la perspectiva biológica del TDAH, resulta que ese origen biológico no está probado. Y, aunque lo estuviera, hay otras perspectivas más amables de enfocarlo y tratarlo.

Bajo mi punto de vista (que no es original), las manifestaciones conductuales que llamamos TDAH pueden considerarse un síntoma que debe atenderse y analizarse para averiguar qué problemas guarda detrás, para saber qué motivos causan esos comportamientos problemáticos y ayudar a la persona a superarlos.

Entonces, mi visión es que no tiene por qué ser un problema para toda la vida ni algo que lo define a uno, sino un malestar de la persona que puede “escucharse” y aliviarse.

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