Las “disincronías” de Terrassier

El psicólogo francés Jean Charles Terrassier, fundador en 1971 de la primera asociación francesa para niños precoces, creó el término disincronía para englobar un conjunto de características particulares que su experiencia profesional con niños superdotados le había permitido observar, tanto en ciertos aspectos de su desarrollo individual (disincronía interna) como en ciertos aspectos de su inserción social (disincronía social). Vamos a ver, a partir de su artículo La existencia psico-social particular de los superdotados (1994), en qué consisten.

Disincronía interna del niño superdotado

Este término se utiliza para designar el desarrollo heterogéneo específico que se aprecia en los niños superdotados al estudiar su evolución intelectual, su evolución psicomotriz, su evolución afectiva y la capacidad de organización espacial. Como consecuencia de las diferencias en las velocidades de desarrollo de estos sectores, sobrevienen algunas dificultades, de las son ejemplos las siguientes:

– Disincronía inteligencia – psicomotricidad:
Generalmente, la precocidad que se da en los niños superdotados en el plano intelectual no se da en el plano psicomotor, lo que conlleva dificultades derivadas de la diferencia entre los aprendizajes léxicos y gráficos. Son niños que suelen aprender a leer de forma precoz, además de dominar un amplio vocabulario y ser capaces de comprender explicaciones complejas para su edad. Sin embargo, estos niños que son, por un lado, muy desenvueltos en el plano léxico, por otro lado van a mostrar frecuentemente dificultades con la escritura, ya que su mano va a ser incapaz de seguir el ritmo de la programación mental. Esta dificultad resulta de la disincronía entre el nivel intelectual y el nivel psicomotor-gráfico, puesto que este último responde más a menudo a la edad cronológica que a la mental.

– Disincronía entre los diferentes sectores del desarrollo intelectual:
Esta disincronía se manifiesta, por ejemplo, en la diferencia de puntuaciones en tests que evalúan las adquisiciones verbales y tests que evalúan la capacidad de razonamiento, de manera que la mayoría de las veces se comprueba que la edad mental relativa a las adquisiciones verbales es menor que la relativa al razonamiento (verbal y no verbal). Esto es porque las pruebas de razonamiento miden más el pensamiento inteligente y las pruebas de adquisición miden más un saber. Por otro lado, esta diferencia de resultados se debe, en parte, a que la educación formal estándar no permite a estos niños utilizar normalmente su potencial, lo que lleva a la conclusión de que un entorno escolar mediocre tiende a desarrollar este aspecto de la disincronía interna del niño.

– Disincronía inteligencia – afectividad:
Hace referencia al desfase entre el desarrollo intelectual y emocional o afectivo. Este desfase puede llevar al niño a adoptar comportamientos que escondan su inmadurez, aunque siempre hay momentos en los que ésta se pone de relieve, como por la noche, cuando la ansiedad y los miedos suelen aparecer. Algunos padres tienen serias dificultades a la hora de aceptar el verdadero desarrollo emocional de su hijo superdotado y, para el niño, tampoco es fácil, ya que su alta capacidad le permite el acceso a informaciones que su inmadurez afectiva no sabe asimilar. Cuando no puede gestionar o elaborar las sensaciones y emociones, entra en juego de forma preferente, aunque no de forma única, el mecanismo de la intelectualización, que las reprime con un discurso frío y racional. Por tanto, hay que esforzarse en permitir a estos niños expresar sus sentimientos, sus placeres y disgustos, sus vergüenzas y sus furias; hay que permitirles equivocarse, fallar, enfrentarse a dificultades… y enseñarles a hacerles frente de forma adecuada.

Disincronía social del niño superdotado

– Respecto al colegio:
El aspecto más evidente de la disincronía social está en el desfase entre la rapidez del desarrollo mental del niño superdotado y la velocidad media de desarrollo por la que se rige el sistema educativo. Estos niños viven en el colegio una situación análoga a la que viviría un niño de inteligencia normal al que obligáramos a pasar toda su vida escolar en un colegio para niños con retraso y dificultades con los aprendizajes. Si hiciéramos eso, no parecería sorprendente que ese niño presentara dificultades en su desarrollo, dificultades de relación y dificultades de identificación con sus compañeros. Por tanto, aunque esta analogía pueda parecer dura, es muy válida para ayudar a comprender la situación del niño sobredotado, que es más grave desde que el nivel de exigencia del sistema escolar se ha bajado en un intento de disfrazar la diversidad de los niños en el plano de las posibilidades intelectuales, debido a la inquietud que esa diversidad produce. Además, se ha hecho un esfuerzo por ofrecer al niño menos capaz una pedagogía individualizada y adaptada a sus posibilidades, pero no así al niño más capaz. Entonces, estos alumnos, que no suponen más que el 2 ó 3 por ciento, ven sus aptitudes no valoradas, no exigidas, no utilizadas ni desarrolladas. Como reacción a esta situación, el niño tenderá a colocarse en una posición de disincronía respecto al entorno escolar, volviéndose distraído para defenderse del aburrimiento generado por un ambiente tan poco estimulante. En consecuencia, el niño (mientras continúe interesándose en las actividades escolares) podrá obtener éxito frente a problemas complejos (y estimulantes) pero enfrentarse con una actitud superficial y equivocarse tontamente frente a tareas sencillas, poco motivadoras. Así, el sistema escolar pide al niño que se contente con un saber mínimo que decepciona su curiosidad y que le enseña que la escuela no busca ni merece su esfuerzo. De esta manera, el contexto escolar puede contribuir a desarrollar una inhibición intelectual en estos niños.

– Respecto a la familia:
Los padres suelen percibir que su hijo superdotado muestra características peculiares y que es distinto a los demás, pero eso no quiere decir que vayan a aceptar y a afrontar adecuadamente esa diferencia. Suele ser difícil para ellos mantener un diálogo con el niño que se corresponda a sus capacidades intelectuales y a la vez a su nivel de evolución afectiva. Esta situación es más difícil aún para los hijos de familias con un nivel cultural pobre. El hecho de no comprender al hijo es algo muy perjudicial, pero que el niño comprenda que sus padres no pueden comprenderle es mucho peor. En estos casos, la familia no proporciona al niño un lenguaje y un pensamiento organizados de forma satisfactoria para él, ni tampoco modelos adecuados para construir su identidad. La elección que tendrá que hacer para identificarse le colocará ante una cruel alternativa: o elegir permanecer solidario a sus referentes personales renunciando a ser brillante, u optar por ser brillante con el consiguiente riesgo de desarrollar sentimiento de culpabilidad.

– Respecto a los demás niños:
La disincronía entre la edad mental y la edad real implica que estos niños no encontrarán en los compañeros de su edad una compañía intelectualmente interesante ni estimulante; por otro lado, pueden sentirse desplazados físicamente en compañía de niños mayores, lo que les llevará, finalmente, a buscar niños de su edad para jugar, o a no jugar a determinados juegos. Poder entablar relaciones con otros niños superdotados suele ser positivo para ellos y les permite aceptarse mejor. Un estudio realizado en el contexto de la escuela primaria norteamericana mostró que el niño superdotado se desinteresaba del colegio cuando no había otro niño superdotado en su clase, y que menos del treinta por ciento de estos niños tenían un rendimiento escolar de acuerdo a sus posibilidades, es decir, más del setenta por ciento presentaba bajo rendimiento (Gallagher y Crowder, s.f., citado en Terrasier, 1994). Si pueden, son niños que suelen buscar el diálogo con el adulto y, a veces, se vuelven ávidos lectores, ya que los libros les permiten ir a su propio ritmo y les ofrecen la oportunidad de profundizar en temas de su interés.


En resumen, el niño superdotado debe soportar la presión del entorno, escolar, familiar y de sus compañeros, presión que le empuja a tener un comportamiento normalizado, sincrónico, de regresión a la media. Se le pide, por tanto, que renuncie a sus disincronías; se le pide, en definitiva, que renuncie a ser él mismo

armonia


Referencias

Terrassier, J. C. (1994). La existencia psicosocial particular de los superdotados. Ideacción, 3.

4 comentarios en “Las “disincronías” de Terrassier

  1. ana fernandez

    Fantástico… describiste a mi hijo… Y me ayuda tu artículo a sumar bibliografía para el colegio y su comprensión y adaptación a mi niño

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